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Día 311: Razones para volver

Hoy es mi cumpleaños y nunca pensé que lo pasaría en Madrid. Hace un año estaba convencida de que me pillaría en algún lugar de América Latina rodeada de un paisaje espectacular. Pero a día de hoy, si pienso en mí, celebrando mi cumpleaños por Centro América, sólo puedo alegrarme porque estaría con una amiga a la que llevo tiempo sin ver.

No pienso en que hoy llevo una camiseta de cuello alto ni manga larga. No pienso que cuando salgo a la calle hace frío. No pienso en que podría estar en una playa con palmeras porque probablemente estaría con un montón de desconocidos. Hoy, sólo pienso en poder celebrarlo rodeada de amigxs con los que recordar este día.

He tenido la suerte de vivir una experiencia increíble, estar viajando durante nueve meses y tener la oportunidad de planificarlo de tal manera que volviera cuando yo quisiera hacerlo. Así ha sido. He vuelto cuando yo he querido volver. Y he vuelto, entre otras cosas, porque echaba de menos compartir.

Viví siete meses viajando sola y dos con una amiga que vino de España y, aunque la experiencia en solitario es impresionante, las risas están mucho más aseguradas en compañía. No es que quiera dejar de viajar o que ya siempre necesite hacerlo con alguien, simplemente el tipo de viaje que estaba haciendo en este momento se me quedó corto, me faltaban cosas. Como dice una amiga, crecí y se me quedó pequeño. Ya no estaba hecho a mi medida.

Estos nueve meses me han enseñado que lo importante no han sido los kilómetros sino la gente del camino. Tengo fotos y experiencias en muchos sitios pero al final los que más me han marcado han sido los que fueron con personas con las que mantengo el contacto. Una de las cosas geniales de esta aventura es poder seguir hablando con amigxs, intentar cuadrar skypes con el otro lado del mundo, mandarme emails o mensajes preguntándonos qué tal nuestras vidas y recordar momentos que compartimos. Y es precisamente eso lo que hace que, dos meses después de haber vuelto, el viaje siga aunque yo ya no esté en movimiento.

En esta sociedad en la que parece que tenemos que vivir para coleccionar experiencias que poder instagramear he aprendido la importancia que tiene para mí sentarme a tomarme un café, una cerveza, un mate, un vino o un vaso de agua con la misma persona más de una vez. Poder profundizar en las conversaciones, las relaciones, las reflexiones, las risas. Pasar de puntillas por la vida no es quedarse en casa y no viajar. Puede ser mucho más superficial viajar y ver sin mirar,  hablar sin escuchar y tener mil conversaciones que se repiten en las que nadie te diga estás equivocadx o te lleve la contraria porque nadie tiene la suficiente confianza contigo.

Por supuesto que nunca voy a olvidar las cataratas de Iguazú o ver un jaguar a diez metros en mitad de la noche en la selva y dormir allí. 

Pero me gusta poder recordar el salar de Uyuni más allá de la increíble puesta de sol encima del tejado del coche. Que se le añada que la noche anterior salimos a bailar a un pueblecito en la falda del volcán con dos amigas. Estar las tres convenció al guía de nuestro tour para conducir por el salar de noche y llevarnos a las fiestas fuera de su horario de trabajo. Sin ellas eso nunca lo habría vivido.

¿Con quién podría yo recordar sino esta foto y al resto de personas del tour? Una madre y un hijo que nos fascinaron a las tres.

Me gusta poder seguir recordando Argentina, su tonada a base de audios y skypes y que, aunque lleve dos meses en España, alguien pueda seguir riéndose porque en mitad de una conversación dije coger. Me gusta saber que puedo volver a Buenos Aires y tener quién me acoja  allí. Me gusta recordar un asado concreto, en mitad de un pueblito de la sierra cordobesa del que no recuerdo el nombre. Lo importante no fue el lugar, fue el abuelo preparando la carne y todas las chicas en el césped tocando la guitara y cantando, buscando alguna canción que pudiera saber yo también para unirme.

Me gusta haber vivido un Mendoza con una familia adoptiva, con los que, cada vez que vengan a ver su familia original en Madrid, recordar el dique Potrerillos. Me gusta haberme reencontrado después de muchos años en Santiago de Chile con una amiga, sus recomendaciones y un libro de relatos que me regaló que siempre tendré conmigo.

Me gusta tener muchas personas con las que recordar Valparaíso, poder seguir hablando con gente del hostal en el que vivíamos y trabajábamos aunque no quede nadie allí. Me gusta saber que tendré siempre a alguien con quién poder hablar de la jam session improvisada que surgió en una terraza mientras llovía o recordar la canción que sonaba en el coche cuando llegábamos al Rano Raraku en Isla de Pascua.

La canción fue Spirit Bird de Xavier Rudd. Podría valer para esta imagen con ellxs también.

Me gusta seguir teniendo un grupo de whatsap con dos personas del viaje, que en ese grupo sigamos hablando de la vida y poder recordar el día que nos pusimos a bailar sobre el tejado de una casa en la isla del Sol porque hacia frío mientras veíamos atardecer. Me gusta que fuéramos los frikis del party hostel, en el que nos metimos sin saber, que jugaban al STOP muriendo de risa en las literas mientras el resto bailaba. Me gusta que alguien corrobore que llegué a la cima de la montaña de colores, que cruzó la frontera de Panamá y Colombia conmigo y salga en mis fotos. Me gusta que el cuarzo que me encontré en una caminata en otro país con gente de un hostal de los que no recuerdo ni el nombre siga teniendo vida a través de ellos, que no estuvieron ese día, y que cada vez que haya luna llena alguien mande un audio diciendo “a sacar los cuarzos que hay que cargarlos” e inmediatamente me teletransporte a la noche en que la luna salió gigante detrás de la montaña sobre el lago Titicaca y lloramos de la emoción.

Sin ellos la isla de Sol habría perdido gran parte de su encanto.

Me gusta poder seguir hablando de los lugares y la gente que conocí con personas que lo vivieron conmigo.

Este viaje me ha dejado claras muchas cosas. Entre ellas que quiero creatividad, diversión, libertad, apostar por mí, por mis proyectos y que sea a mi ritmo. Volví para emprender sobre escritura, crecimiento personal y viajes. Podría haberme quedado parada en cualquier lugar; pero volví porque quiero, la mayor parte del tiempo, poder compartir este nueva etapa sedentaria del viaje.

Porque así podré sentarme algún día y decir “te acuerdas cuando…”,

y así podré revivir esta etapa del camino todas las veces que quiera.

Otro día os contaré otras razones, más historias del viaje o qué estoy haciendo ahora. Pero hoy, hoy más que nunca, sólo quiero resaltar que no importa el dónde, importa con quién. 

Gracias por estar ahí, leyendo, al otro lado.

PD: Os invito a leer a varias de esas personas con las que he compartido el camino.

Mery, Mery Sil

Belén y Lucho, Viajá y Reíte

Andrés, Ingrid, Nora, Cloe y Elsa; El vuelo de Apis

Manuel y Penny, Relatos y Caminos

Mención especial para Ori, la amiga con la que estaría celebrando si ahora mismo no estuviera aquí Esto es mi diario salvaje

Si queréis leer más del diario de a bordo del viaje pinchad aquí.

2 Comments

  1. Soraya

    25 noviembre, 2017 at 23:26

    Me encanta seguir leyéndote aunque ya hayas finalizado el viaje, tiene pinta de que fue muy especial.
    Un abrazo

    1. Pepa

      27 noviembre, 2017 at 23:03

      Gracias Soraya! Tú como fiel seguidora alguna idea tienes jejejej Seguiré contando sobre él aunque ya no esté por allí 🙂 Gracias por seguir pasándote por aquí!

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