Argentina, Diario de a bordo

Elegir lo más barato no siempre es la mejor opción

Crónicas de un viaje por sudamérica.

Me dijeron que nunca llegara a una ciudad de noche, podría ser peligroso, pero tras un mes en Uruguay me había confiado. A pesar de las dudas compré el billete más barato de Buquebus, el del barco que llegaba a Buenos Aires a las 21:56, una hora bastante indecente para poner los pies por primera vez en cualquier ciudad de Sudamérica.

Había investigado cómo llegar desde Colonia del Sacramento hasta Buenos Aires y había dos formas de cruzar el río de la Plata: los yates, barcos caros, pequeños, que tardaban una hora, que llegaban de día y costaban el triple que el mastodonte de tres horas y media en el que me embarqué porque el precio lo valía: 450 UYU (15€). Busqué un hostal a quince minutos caminando del puerto y pensé que todo estaría solucionado, total iba a llover dos días y me daba igual donde estuviera mi alojamiento, ya me movería cuando hiciera buen tiempo.

Cuando contacté con mis amigos porteños se llevaron las manos a la cabeza. Hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba usando mis criterios de seguridad de España y los había trasladado automáticamente a Buenos Aires. En Madrid no tengo ningún problema para caminar por la noche a las 22:00 ni con mochila ni sin ella, es más camino hasta de madrugada, pero todos me desaconsejaron hacerlo allí.

¿Qué pasaba? Que la zona del puerto no era segura y que yo quería alojarme en microcentro que, aunque parezca que tiene muchas cosas, es una zona fundamentalmente de oficinas en la que por la noche no hay mucha gente. Nada recomendable quedarme allí, tenía que irme a Palermo. Y yo que soy aventurera pero tampoco tonta decidí seguir todas las recomendaciones que me dieron y reservé en el barrio indicado, eso sí con un poquito más de miedo en el cuerpo.

  • ¿Y cómo llego a Palermo desde Puerto Madero? – pregunté.
  • Pues hay un autobús que te deja directa. Ah, pero no, no lo tomes porque tenés que andar hasta Retiro y esa zona es medio fea a la noche, hay muchos robos. Podés tomar el subte desde Catedral, es directo.
  • Pero, entonces tengo que caminar hasta allí, voy a pasar por la puerta del hostal que iba a reservar en un inicio. No tiene sentido.
  • Eeh bueno, tomate el bus hasta el subte, pero hay una tarjeta de transporte que necesitás para viajar; no la vas a poder comprar cuando llegues porque es muy tarde y no hay tiendas abiertas. Tendrás que pedir a alguien que te pague el viaje. Y tenés que darte prisa porque el último subte sale a las 22:30.

Mi cara era un poema, al final iba a ser más complicado irme a dormir a Palermo que caminar quince minutos o haber llegado en taxi.

  • Bueno, puedo ir en taxi. He cambiado dinero en Uruguay y llevo algunos pesos – dije pensando que había llegado a la solución.
  • Y, bueno, pero mirá que no te den billetes falsos. Los taxistas en Buenos Aires dan muchas veces cambio falso o te dicen que el billete que le das es falso porque te lo cambiaron ellos sin que te des cuenta. Además te dan muchas vueltas, pero mira te explico, le dices que te lleve por Av. Santa Fe y listo.

A esas alturas de la conversación yo ya sentía que Buenos Aires era un laberinto de trampas y maldije el momento en el que elegí el billete más barato. Tenía el miedo metido en el cuerpo y ninguna opción era buena. Me descargué el mapa de Buenos Aires para tenerlo sin conexión y decidí jugármela al taxi hasta el metro mientras yo llevaba el GPS.

***

Monté en el barco a las 18:30, recorrí el pasillo entre butacas, elegí una junto a la ventana y dejé la mochila a mi lado. Frente a mí había una barra de cafetería con comida y bebida a precios desorbitados. La gente hacía cola para que les rellenaran el termo de agua caliente para el mate, previo pago por supuesto.

Este cartel en el lavabo me pareció muy divertido

 

Desde mi posición pude ver todos los coches que esperaban entrar en la bodega y entendí que no saldríamos a la hora prevista. Aquel retraso me ponía nerviosa, iba a llegar más tarde aún a la ciudad de la furia y los pensamientos se disparaban: me iban a robar de camino al taxi o me darían varias vueltas en el recorrido y no tendría dinero para pagarlo y perdería el metro, ¿y si el hostal no tenía a nadie en recepción tan tarde? Elegí no dejarme llevar por el miedo y distraerme.

Siempre me gustó leer en las travesías de barco y recordé aquel trayecto que me llevó hasta Tánger seis meses atrás. “Al final todos los viajes están conectados”- pensé. Absorta en la lectura casi me pierdo el atardecer desde la cubierta del barco. Llevaba varios días viendo unos impresionantes desde Colonia del Sacramento y la idea de que el sol se acostaba por Buenos Aires me “voló la cabeza”. Siempre me atrajo Buenos Aires. No sé si era el acento o el dulce de leche que traía mi madre después de un viaje cuando yo era pequeña. Quizás era simplemente la idea romántica de una ciudad que nunca había visto ni en fotos ni en películas pero que de forma automática asociaba al teatro y la escritura.

Anocheció y el perfil de Buenos Aires apareció iluminado en el horizonte. Me emocioné pensando en cómo debieron de sentirse todos aquellos europeos que un día emigraron hacia la capital argentina huyendo de la guerra y la pobreza, buscando una vida mejor.

Miré el reloj, las 23:00, imposible llegar al metro antes de que cerrara. La inseguridad volvió a invadir mi cuerpo. Notaba la espalda en tensión y las mochilas me pesaban más que otros días. Salí con toda la intención de aventurarme en el mundo del taxi bonaerense pero en la puerta de salida una chica anunciaba Remis. Había oído hablar de ellos, eran empresas de coches privados más caros que un taxi pero donde quedaba todo registrado y pagabas por adelantado. Sucumbí a la tentación de sentirme segura en el trayecto al hostal pero la seguridad nunca sucedió. 

  • En Buenos Aires tienes que tener mucho cuidado con la gente – me decía el conductor mientras mi GPS me indicaba que la Avenida Santa Fe quedaba lejos.
Íbamos por una calle grande, prácticamente sin luz y sin edificios. Los descampados, vías de tren y lugares de almacenaje llenos de containers se sucedían. Según el mapa seguíamos bordeando el río. ¿A dónde me llevaba aquel señor? ¿Tenía que tener mucho cuidado con la gente? ¡Tenía que tener cuidado con él! Pero me negué a volver a dejarme llevar por ese torrente de pensamientos que acababa con alguna chica secuestrada.
  • Oiga señor, ¿no deberíamos ir por avenida Santa Fe?
Miró por el retrovisor y se rió.
  • Haces bien en mirar el recorrido, tranquila, vamos por acá porque es más rápido, no hay tantos semáforos pero no te preocupes, llegamos en diez minutos.

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Os doy un consejo, si podéis ahorraros la inseguridad y los miedos innecesarios, hacedlo.  La aventura no es el riesgo, es vivir cada momento. 

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Este post forma parte de las Crónicas de Sudamérica, pincha si quieres leer más.   

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