Vivir viajando

Crecer viajando: Entrevista a María, Periplos Viajeros

Episodio #3 de Crecer Viajando, una serie de entrevistas a viajerxs en las que hablan sobre sus experiencias de crecimiento personal a través del viaje. 

Hoy os presente a María, la fotógrafa del instragram Periplos Viajeros. Su objetivo es hacer un viaje largo y pausado dentro de no mucho, con la mochila y la cámara como única compañía. Mientras tanto, exprime al máximo de forma viajera y personal todas las escapadas que vive. Os dejo con ella:

Autoconocimiento. Empoderamiento. Libertad. Perspectiva. Responsabilidad. Son las primeras palabras que se han cruzado en mi mente cuando he empezado a reflexionar sobre el papel de los viajes en mi proceso de desarrollo personal. Si, lo sé, grandes conceptos para una persona cuyo periplo más largo en solitario ha durado diez días. Y más en comparación con las grandes historias viajeras con las que he tenido la suerte de toparme, y que me inspiran para seguir caminando en este proyecto tan bonito que es conocer cada vez más y mejor este mundito que habitamos.

A los 19 años me fui rauda y veloz de mi ciudad a estudiar a Galicia con una beca. Me asfixiaba Madrid, necesitaba independencia, crecer. Y ese fue el mejor año de mi vida. Tanto, que me quedé cuatro años más. Puedo afirmar sin ningún tipo de duda que la silueta que se reflejaba en el espejo el primer día de esta aventura, y la que se refleja hoy, pertenecen a dos personas completamente diferentes.

Durante estos años no fueron pocos los obstáculos que me crucé en el camino, y que hicieron que no todo en esta aventura fuera bonito y maravilloso. Algunos basados en la convivencia en esos hogares transitorios que son los pisos compartidos, otros tenían más que ver con echar de menos aquello de lo que escapaba (ironías de la vida), otros se convertían en trámites administrativos infinitos que pensaba que sería incapaz de resolver, y otros – los más difíciles – tomaron la forma de personas que en este momento me alegro de haber alejado de mi vida. Pero lo más importante de todo esto es que, no sin esfuerzo, pude superar cada uno de ellos. Y cada vez que lo hacía me miraba de frente, me sentía orgullosa, me quería un poquito más, y me decía a mi misma que el miedo y las dudas sobre mis capacidades no podían ser barreras para perseguir lo que quiera y necesite a lo largo de mi vida.

Y, hace un par de años, llegó el momento de volver. De los regresos también se aprende mucho: La propia decisión no fue fácil de tomar, implicaba gestionar un cierto fracaso porque volvía para trabajar en algo que me había pasado años buscando allí y que no había sido capaz de conseguir. Además, tendría que despedirme de gente a la que ya considero familia, y practicar un poco de eso a lo que llamamos desapego con lo que ya era para mi un hogar, porque meter en cajas cinco años de una vida que me había costado tanto construir no fue tarea sencilla. Pero también lo hice, y aprendí a responsabilizarme de este tipo de decisiones, a entender los motivos, a ampliar mi campo de miras y a gestionar mis emociones un poquito mejor.

 

Y ahora que estoy en Madrid sigo (re)aprendiendo a sobrellevar la rutina, las dinámicas familiares, a entender de otra forma la independencia y a compartir parcelitas de mi vida que antes me negaba a exteriorizar y que eran demasiadas para convivir encerradas dentro de mi cuerpo y de mi mente. Eso sí, también me muevo todo lo que mis ahorros y el trabajo me permiten. Viajo sola y acompañada, según las circunstancias y lo que necesite, y de ambos tipos de viaje aprendo muchísimo.

Tengo especial cariño por lo que me aportaron y lo que significaron a dos viajes en particular: el que hice a Italia en solitario durante diez días (mi primer periplo sin compañía), y en el que me embarqué tiempo después a Cuba, en el marco de una brigada de trabajo. Lo bonito es que creo que aproveché mis ganas de hacerlos para escapar de una situación que no me estaba haciendo ningún bien, y lo que me encontré fue el regalo de poder observar dicha situación desde lejos, con otra perspectiva, la que te da la libertad. Aprendí a sentirme muy bien tomando mis propias decisiones (viajando sola no te queda otra), y a que tenía derecho a hacerlo sin sentirme culpable. A que el peso que a veces cargaba en mi espalda, si no era para construir y crecer era inútil, y que lo mejor era liberarme de él.

Pero también aprendí que todas estas y otras muchas enseñanzas suponían un proceso de trabajo sobre mí misma que muchas veces no es fácil y que tendría que continuar más allá del viaje. Y en este proceso se pueden descubrir cosas de una misma que no son agradables – sobre unas decides trabajar, y con otras hay que aprender a convivir y reconciliarte -, que el crecimiento personal es un camino de rosas: con sus flores bonitas pero también con sus espinas, y que hasta los aprendizajes más positivos pueden doler en algún momento, o adquirirse a través de situaciones poco agradables (porque en los viajes no todo es idílico).

Y estos viajes, que transformaron mi vida a corto plazo, fueron el pistoletazo de salida para otros tantos en los que he seguido creciendo, en los que me he seguido observando a mi misma desde fuera y hacia dentro, en los que he conocido otras formas de ser y estar en el mundo; en los que he aprendido cosas también sobre mi forma de viajar y el impacto que eso puede crear y tras los que he intentado deconstruirme para construir, pasito a pasito (suave, suavecito, que me responderían mis amigos cubanos) una versión más bonita de mí misma con la que yo siga sintiéndome a gusto. Cada día me parece impresionante cómo lo que he llegado a aprender estando lejos, ha cambiado radicalmente tantas partes de mi vida más cercana.

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Muchas gracias a María por haber participado en estas entrevistas sobre crecer viajando, todas las fotos de este post son suyas. Es muy activa en su Instagram @periplosviajeros donde sube fotones y mucha información 🙂

Si queréis leer más entrevistas de Crecer viajando podéis hacerlo aquí.

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