Desafíos creativos

30 días escribiendo: día 4

Este texto forma parte del desafío creativo 30 días escribiendo

Hoy tengo uno de esos días en los que la adicción me corre por las venas. 

Hoy he empezado a mirar el próximo viaje y soy un absoluto desastre lleno de nervios, ganas e ilusiones.

¿Qué le pasa a Madrid que no me despierta eso? ¿Qué me pasa a mí? ¿Nací con alguna tara?

Es ponerme a mirar un destino y notar el corazón que se acelera, sentir un torrente de pensamientos que no para y que dice: quiero más tiempo de viaje. Aparece una sed insaciable de algo que ni siquiera sé bien qué es. Soy así. Una yonki.

 Hoy me encuentro con todas mis contradicciones en una.

Quiero estar parada, quiero estar en movimiento. Quiero disfrutar cada una de las vidas cotidianas que puedo vivir, en cada uno de los lugares donde llego y quiero que se pare el tiempo. Porque me pasa constantemente, estar en un sitio y decir “podría vivir aquí una temporada” pero me faltan vidas.

Hoy el viaje volvió a mí.

Una chica con la que compartí habitación en Samaipata (Bolivia) hace un año me escribió esta mañana: estaba en Madrid, a diez minutos de donde yo me encontraba. Quedamos a tomar un café que nunca pedimos y charlamos sobre esta intersección entre el viaje y la vida cotidiana. Ella está de vuelta a Macedonia después de catorce meses, aterrada, sabiendo que decidió volver porque ya nada le sorprendía ni le motivaba y a la vez pensando que quiere irse de nuevo antes de llegar.

Estamos condenadas a la dualidad. Ella me decía que veía volver como un fracaso. Yo le decía que a mí lo que me parece un fracaso es no poder volver nunca.

Hay momentos para todo. 

Y todos están bien.

Aunque hoy mi yonki de los viajes interna solo quiera darle la vuelta al mundo. 

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