Desafíos creativos

30 días escribiendo: día 21

(Intento de) Manifiesto de cosas que recuperar: 

Echo de menos la soledad de las mañanas, la escritura en silencio antes de que todo el mundo despierte.

Escuchar como el vecino sube las persianas y prestar mucha atención al sonido de la cafetera diciendo que ya está preparada.

Mientras, los geranios están en flor y hace tiempo que no paso a verlos y quitarles las hojas muertas.

Echo de menos el tiempo en el que mi cabeza no tenía una lista permanente de cosas que hacer.

 

Pero me viene a la mente Valparaíso. 

Ese momento de quietud en el viaje donde madrugar se convirtió en sacar a una perrita a pasear mientras aún era de noche.

Donde veía amanecer de camino a por el pan y volvía cargada de energía porque, sobre el agua, en el horizonte, el cielo era más naranja de lo normal.

Nos levantábamos dos personas y, mientras una hacía el recorrido de fuera, otra preparaba los desayunos.

Un zumo que sabía a rayos pero la gente bebía.

La leche en polvo, batida, para no dejar ni un grumo.

Mermelada.

Mantequilla.

Manjar.

Cortar la fruta y poner la mesa.

Después podíamos sentarnos a desayunar mientras la casa se despertaba.

Aparecían los desfiles de pijamas y las primeras colas en el baño para quitarse las legañas.

Yo observaba a través de la cristalera sucia del salón, sin encender la luz, pidiendo tener unos instantes más de soledad antes de dedicarme toda la mañana a los huéspedes.

Y entonces empezaba el ruido de pasos escaleras arriba y abajo, el de los vasos, el de los cubiertos, el murmullo de varias conversaciones a la vez.

Yo me escondía pero alguien me encontraba porque tenía que irse temprano y yo dejaba mi tostada a medias para cobrar, agradecer, apuntar y despedir.

A partir de ahí empezaba un día duro, pero a veces pienso que mereció la pena solo por aprender a apreciar esos minutos de soledad.

Este texto forma parte del desafío creativo 30 días escribiendo

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